sábado, 10 de noviembre de 2012

Balbín y la historia al revés



Ricardo Balbín era un joven abogado y había luchado con dictaduras. A diferencia de amigos suyos, no usaba armas. Su medio era la tribuna y se peleaba. Era familiero y amiguero, hincha de Gimnasia. Su tono no era doctoral, sino emotivo y claro. Estaba en la intransigencia y era amigo de Arturo Frondizi. Ese grupo no cuestionó ninguna conquista social, sino que exigió conquistas más grandes. Como la nacionalización de los frigoríficos. El radicalismo apoyó ese proyecto del laborista Cipriano Reyes en 1946. Si fracasó, fue porque los diputados de la CGT, como Silverio Pontieri , le dieron la espalda. 

Los obreros de Berisso lucharon con la policía y vieron llegar al ejército, que puso sus armas en el barrio fabril. Ningún adulón lo cuenta, pero los que hicieron el 17 de octubre no cobraron el aumento y fueron entregados. En una reunión, el obrero de la carne Jacinto Biscochea le dijo a Perón que no usara crumiros. Con Perón y Mercante asistían el gendarme Solveyra Casares (un famoso torturador, retratado como tal por el artista León Gieco) y también Evita.


Días después, Evita fue a Berisso a pedir el fin de la huelga y fue silbada por los obreros. Jacinto Biscochea, secretario general, fue secuestrado mientras denunciaba la maniobra de Evita. Su esposa Elba lo buscó por La Plata. Por entonces, el sindicato de la carne denunció a los traidores y recibió a los radicales, como Ernesto Sammartino, quien luchó por derechos humanos y obreros muy temprano. Balbín estuvo ahí, cerca del frigorífico. “Es el gobierno que está con las empresas”, arengó. Ricardo Guardo cuenta que a veces los diputados peronistas se levantaban para aplaudirlo, y así llegó Balbín a la cárcel de Olmos. Manos amigas le hacían llegar pichón de paloma para comer, cuenta su biógrafo. Todos los días conversaba con dos asesinos. 

Veinte años después, Balbín andaba en la unión del país. Perón lo llenó de elogios y se abrazaron. Lo acusaron de bruto, de provinciano, de político a la antigua y de llegar cansado a la última dictadura, ya anciano. Pero dejó armado el combinado que ganó en 1983, semilla del juicio a los militares. Sus críticos no asumieron lo que Balbín tenía claro en 1946 y Perón comprendió en 1973. Unos justificaron la prisión de Balbín. Pero un protagonista de esta historia, Jacinto Biscochea, fue secuestrado por la policía de Mercante, meses después de haber cuidado la espalda del candidato a gobernador, Domingo Mercante, durante la campaña en tren por la provincia, para las elecciones de 1946.