domingo, 11 de mayo de 2014

El matador de Tigre


Sergio Massa es amigo de muchos medios y candidato peronista. Aplaudió lo que de pronto ya está mal. Hasta el otro verano, nadie sabía adónde jugaba, una opción exitosa en la Argentina. Quizás fue advertido de los riesgos de usar mucho las banderas del pasado, ahora que está de moda rescatar o inventar peronistas históricos. El gobernador Daniel Scioli hizo agua venerando a un viejo mazorquero penal que la publicidad transformó en un humanista. En ese campo, la tiene difícil Massa con los antecesores de su terruño, de su distrito y de su club de fútbol. En el Tigre hubo compañeros mucho más conservadores de lo que hoy se conoce como fachos. En el Delta del Paraná tenía su base un ladero del General Perón de las primeras horas que nadie quisiera poner en un cuadro. Fue dirigente del Club Atlético Tigre (el club de los amores de Massa) al tiempo que trabajaba en la Casa Rosada. Su función es difícil de creer y de contar.



Había perseguido bandidos y anarquistas. Nunca supo de los derechos humanos. Su gente venía de matar campesinos en el Chaco (como el ucraniano Ramón Pastozuk). Los asesinos con uniforme le reconocían "méritos" para ser el número uno, cuando ofrecía sus armas como guardián de un partido único, contrario al flamante Partido Laborista. Jefe de verdugos, represor y espía de un Estado vigilante, iba y pegaba si hacía falta. En Balvanera había una guarida de criminales bajo su ala. Con los años, el artista popular León Gieco, curioso por la historia, lo describiría como "Solveyra, un torturador de la Gendarmería", en una canción sobre los bandidos rurales argentinos, pues el verdugo del Tigre había perseguido al célebre bandolero Segundo David Peralta, alias Mate Cocido.  Después de aquél paso por el norte, el represor se hizo peronista y tuvo una oficina en la Casa Rosada, que se llamaba Control de Estado, un eufemismo para no decir terrorismo. 



Precedió a López Rega, entonces un pichón. Bajo su control pasó de todo. Bastaría para darles trabajo por años a los funcionarios de los derechos humanos. Lideró el aparato represivo cuando hubo miles de torturados y largas decenas de crímenes policiales. La Liga Argentina por los Derechos del Hombre resumiría en 1955:  “El sistema de torturas realizado por indignos funcionarios policiales abarca ya prácticamente todo el territorio de la República. Se hallan comprometidos en la aplicación de esas torturas, la Sección Especial y funcionarios de todo el país, comenzando por el Asesor de Asuntos Policiales de la Presidencia de la Nación (de Juan Perón), comandante de Gendarmería Guillermo Solveyra Casares.”* En el Tigre también tenía casa otro amigo de Perón: Rodolfo Eugenio Ludovico Freude, protector de nazis en el país.  Massa debe saberlo, pero es hora de mirar hacia adelante. 



*(Fragmento de El Laborismo, línea Cipriano Reyes, investigación de Ariel Kocik que da cuerpo al capítulo 3 del libro Laborismo (Capital Intelectual, 2014) de Santiago Senén González, con epílogo de Juan Carlos Torre).