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miércoles, 13 de agosto de 2014

Seijo y otras glorias del sindicato maderero


El gremio supo de luchadores como aquél ilustre anarquista español, dos veces desterrado, que viviera en las calles en Río de Janeiro "expropiando" pan y leche a los ricos. Gran sindicalista de la época brava, volvió a Buenos Aires cuando ya gobernaba Yrigoyen, quien no quiso aplicarle la ley de residencia.* El hombre desconfiaría de Perón, como tantos de su escuela. Surgieron más valores en una nueva ola.

Manuel Fossa, filósofo y gremialista, actuó en sindicatos como la madera y la construcción. Solía recordar que a los obsecuentes del partido único no los había visto el 17 de octubre. Fossa fue diputado por el Partido Laborista, resistió atentados y persecuciones. No fue el único. 



El joven Eduardo Seijo fue líder del sindicato maderero y dirigente del laborismo, presente en reuniones con Perón. Integraba el alto mando de la CGT, pero apoyó a los sindicatos más autónomos. Después de 1946 protestó por aumentos de salario. Parte del gremio fue cooptada, Seijo insistió y fue detenido muchas veces. Por último fue secuestrado, torturado y deportado a Chile en un avión militar. 

Para esto servía la ley de extranjeros indeseables, convalidada por el bloque del partido único, orientado por el abogado John Cooke. Así se expulsó a un laborista, dirigente obrero y miembro de la Confederación General del Trabajo (en las jornadas de 1945).





Fue parte de una barrida contra la dirigencia laborista y el sindicalismo. Hasta la casa de María Roldán fue invadida por la policía. La prensa controlada afirmó que en Berisso había un arsenal para matar a Perón. El doctor Atilio Librandi presentó un hábeas corpus; luego se supo que Seijo estaba vivo en su país natal. 

El obrero radical Américo Romero, militante del gremio maderero, fue también secuestrado y castigado con toda crueldad: ya había sido entregado a la policía por el delegado peronista Graciano Fernández, quedando en listas negras (el comisario Miguel Gamboa, famoso jefe de policía peronista, ordenó los primeros golpes). Otra víctima fue el ebanista eslavo Antonio Dramachonek. 

Cuando Perón fue derrocado, Eduardo Seijo logró volver al país y encabezó una asamblea con dos mil trabajadores, donde se denunció a las autoridades que habían colaborado con la policía. Américo Romero tenía su cuerpo marcado por las torturas. La CGT podría recordar a Eduardo Seijo, su miembro de honor en años de Perón, que pagó con el destierro su lealtad a los trabajadores.



Ver: El Laborismo, línea Cipriano Reyes, investigación de Ariel Kocik que da cuerpo al capítulo 3 del libro Laborismo (Capital Intelectual, 2014) de Santiago Senén González, con epílogo de Juan Carlos Torre.

*Un dato de Torcuato Di Tella.