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viernes, 29 de diciembre de 2017

Reportaje al "terrorismo" pituco

Revista Confirmado

Son los años sesenta. Se respira una tensión entre la democracia frágil, la modernidad, la vanguardia artística y una espiral política violenta. Hay pequeñas guerrillas, pero no preocupan tanto. Según informes periodísticos, en una Argentina con 22 millones de habitantes, solo 1200 están envueltos en el “terrorismo”.
Los violentos reales o imaginarios son de clase media. En la capital federal frecuentan la calle Corrientes, el café Tortoni, el círculo de la Facultad de Filosofía y Letras, bares como el American, el Cotto y el Florida. Odian al peronismo parlamentario -que existe, por cierto- y a la conducción peronista política.
Los hay universitarios. Uno de ellos, bebiendo un jugo de tomates en una coqueta confitería de la calle Esmeralda, admitió para la revista Confirmado que todo “terrorista” puede liquidar inocentes, “pero no le preocupa”. Actúa en nombre de algo y eso “legitima la violencia”. El mismo joven asume la palabra “terrorista”. La revista los describe como una “élite” para la cual los estatutos jurídicos de la sociedad no existen.

Los sesenta

En años de Mafalda, con cierta frivolidad, se convive con el florecer de grupos de violencia urbana, y también rural. Sus ideas son confusas y mezcladas, pero germinan en la juventud peronista. Algunos se inspiran en el Che Guevara, otros en Primo de Rivera, y hasta las hordas del criminal croata Ante Pavelic -que vivió en un barrio que será emblema del rock nacional- dejaron sus enseñanzas y herederos.
La mayoría son hombres. Utilizan armas de fuego, pero también dinamita conseguida en las canteras y otros explosivos. No es difícil armarse. Un estudiante trotskista de Medicina, asegura que será fácil sacarles las armas a los militares. Un día explotó un departamento del barrio norte porteño, donde una “célula trotskista” guardaba bombas. También se denuncia que hay “terroristas” pagos. Tienen empleos públicos sin cumplir funciones, y son utilizados como grupos de choque por sectores políticos.

Literatura en los sesenta.

Las anécdotas recogidas por la revista Confirmado también son tragicómicas. Un chico universitario alardeó que asaltaría joyerías para financiar la revolución. Se subió a un taxi mostrando su pistola, y lo hicieron bajar en la comisaría. Está de moda la psicología, y la explicación será que en verdad quiso evitar el delito. De hecho, muchos violentos son descriptos como neuróticos que se evaden. “Ponen una bomba en vez de irse a vivir con una mujer”, afirma un psicoanalista.
Lo increíble es que los servicios, y gente no tan informada, los conocen perfectamente. Cierto porcentaje de los embriones de guerrillas está infiltrado o integrado por gente de las fuerzas de seguridad. Más aún, en el mundo político se conoce muy bien su trama y a sus referentes urbanos. Algunos son de las “mejores” familias.
Por algún motivo, los dejan actuar. Más vale "terrorista" conocido, que relevo por conocer, se sugiere. Muchas veces se va de las manos, en hechos como el asalto al policlínico bancario que deja dos muertos, o asesinatos como el de Raúl Alterman, un joven judío volcado al marxismo.
Las revistas como Confirmado y Primera Plana, que reflejan la evolución de la violencia en el país, son devoradas por la clase media politizada. El periodismo y el mundo de la política también conviven con los chicos que ponen bombas.
Un ex detenido político le narró al autor de esta nota que en los 1950 -durante el peronismo-, un joven de familia muy rica, el nacionalista Diego Muñiz Barreto, le pidió un fusil para matar a Perón. Más tarde, Muñiz Barreto se vinculó al peronismo "revolucionario". Fue desaparecido por la dictadura de 1976.

Sobre orígenes de la violencia política alentada por el Estado, ver:


Recordación: cuentos peronistas reconstruye historias ocultas, pero toma precauciones ante las personas que cultivan el plagio.

lunes, 11 de diciembre de 2017

¿Quién mató a Vandor?



Es una lástima, porque somos todos peronistas. (Antes de comenzar los disparos).

El tiroteo en la pizzería La Real de Avellaneda, que dejó muerto al sindicalista Rosendo García, fue narrado por el escritor Rodolfo Walsh, que sugiere que el Lobo Augusto Vandor, poderoso dirigente metalúrgico allí presente, fue el matador de Rosendo, compañero de su propio gremio. Comenzó casi como una bronca de bar, pero allí había dos grupos antagónicos del peronismo. Fue en 1966.

Se cruzaron por casualidad. De un lado estaban los vandoristas, y del otro un grupo del peronismo "revolucionario", que integraban Juan Zalazar y Domingo Blajaquis, ambos también asesinados. Estuvo presente Armando Cabo (histórico metalúrgico de Perón y de Eva, y padre de Dardo Cabo, del grupo Descamisados), que integraba la corte de Vandor, y fue acusado por Walsh de matar a Zalazar, quien estaba comiendo con sus amigos luego de trabajar un montón de horas en la Shell. El “griego” Blajaquis, a su vez, fue descripto como la imagen del revolucionario. 

Algo curioso es que Armando Cabo lucía como enemigo armado de los "compañeros" de su hijo Dardo Cabo, que andaba en la nueva tendencia.* Armando Cabo había estado, por ejemplo, en el histórico Cabildo Abierto de 1951, y en tantas otras, siempre junto a Eva.

En su investigación sobre el crimen de Rosendo, Walsh describe además la interna gremial, el poder de la UOM, el mítico escenario de luchas de Avellaneda y el Riachuelo. Dos protagonistas de la historia, que estuvieron en el tiroteo de La Real, eran los hermanos Villaflor (hijos del gran sindicalista Aníbal Villaflor, un libertario hacedor del 17 de octubre de 1945). Ellos eran parte de la nueva camada, enfrentada a la llamada burocracia gremial. Perón, el líder exiliado, alentaría a ambos grupos. Y también a unos contra otros. En el tiroteo de la pizzería, Vandor habría matado a su colega Rosendo en medio de la confusión.


El hecho anticipó más crímenes de sindicalistas, ahora por cuenta de los nuevos peronistas (luego vinculados a Montoneros) y también venganzas del sindicalismo armado, que incidió en hechos como la matanza de Ezeiza de 1973 -junto a los represores-, cuando la juventud peronista fue baleada a mansalva.

El crimen de Rosendo de 1966 muestra un fragmento de una Argentina y deja abierta otra, que no se conectó. Muchos no lo recuerdan o no lo saben, pero Walsh había estado con la Libertadora, como muchos montoneros. Luego entraron al peronismo. Justificaron la matanza de sindicalistas “traidores” que, por otro lado, eran el sindicalismo clásico que Perón había creado, ni más ni menos. Luego el propio Vandor fue asesinado, y se involucró al propio Walsh.

El gran escritor narra en ¿Quién mató a Rosendo?, con una mirada de izquierda, el caos que vivía el país, la “traición” de los jerarcas sindicales, el hambre, la persecución, la falta de trabajo y la angustia popular. Lo cierto es que, el país que describe Walsh, fue pintado de modo muy distinto por otros testigos. Según la CGT, había un millón de desocupados en 1965. Según fuentes más aceptadas, el desempleo había disminuido al 5,2 por ciento al año siguiente, cuando La CGT apoyó el golpe militar.

En contexto, el país iba hacia algo mucho mejor de lo que después se vio. La violencia política colaboró en frustrarlo. Pero algo debió hacerse bien para llegar a la década de 1970 con casi pleno empleo, lo que no impidió la pasión por las armas.


El país de Illia

En 1966 el presidente era Arturo Illia. Un mandatario que es respetado por todos los que, paradójicamente, avalaron el mismo taconeo militar que lo desalojó de la Casa Rosada. Muy pocos se preocuparon por comprender las ideas de quien planteaba extinguir los miedos y los odios, las revanchas y las causas sociales que llevaron a la dictadura militar de Onganía, y a la peor dictadura después.

Curiosamente, sindicalistas combativos como Agustín Tosco lo respetaron y evitaron atacarlo. La CGT, en cambio, que antes colaboró con la policía del general Perón, combatió la tolerancia del doctor Illia. ¿Estaba proscripto el peronismo? Sí, y no. Perón no podía volver, pero el peronismo ganó las elecciones de 1965, y hubiera ganado mucho más.

¿Quién era, qué ideas tenía, cómo se formó Illia, alguien que iba a contramano del frívolo café intelectual y las tacuaras de derecha que se mezclaban con la izquierda? Solo un brevísimo trazo. Había hecho su carrera en la calma serrana, pues eligió vivir en el pueblo Cruz del Eje antes que en Europa, donde estuvo como viajero y pudo quedarse. Hijo de chacareros italianos, cordobés por adopción, era un médico de pueblo que no cobraba a los pobres.


Illia acompañó a Amadeo Sabattini en Córdoba, desplegando una obra social pionera, en plena década infame. El doctor del pueblo tenía arrastre de votos. Era famosa su memoria visual: saludaba a los obreros e incluso a sus parientes por el apodo. El golpe militar de 1943 (que la ex presidente Cristina Fernández reivindicó) lo separó de su cargo, vicegobernador electo de Córdoba. Si Perón admiraba a Mussolini, Illia se volcaba por De Gaulle.

Sabía sobre descamisados, se decía, pues vivía en piezas o casas prestadas, con espíritu andariego. Hombre medido, no hacía alardes vocingleros. Era un curioso pacifista entendido en temas militares, que tomó las armas por sus ideas, contrarias al fascismo. Y era un extraño antiperonista que trabajaría por la legalidad del justicialismo, que los más interesados impedían, pateando el tablero de la posible paz. En un momento, Illia pareció el tejedor de una salida política. La última oportunidad antes del exterminio.

La resistencia

La pregunta de quién mató a Vandor es un disparador -según Perón lo mató la CIA-, pero se conecta con más interrogantes, como el de quién engañó a Perón con el frustrado retorno de 1964 -¿lo engañó el peronismo?-; qué era la resistencia peronista, contra qué luchaba y si a veces no lo hizo contra los propios deseos de Perón. Por ejemplo, el ex diputado John William Cooke consideraba a Vandor un “compañero” cuando ambos combatían a Frondizi en 1959, aunque el Lobo ya había sido denunciado como delincuente por las bases de su propio gremio. ¿Cuándo empezó Vandor a ser un “traidor”? En cuanto a Cooke, ¿Defendió las huelgas obreras antes de 1955? ¿Qué hizo el dirigente textil Andrés Framini (apreciado por algunos montoneros) frente a los despidos durante el gobierno de Perón?


Y otras preguntas que se disparan, en provocador desorden, pero confluyentes en una historia sin reconstruir: ¿Cuáles eran los vínculos entre Tacuara, Montoneros y las fuerzas de seguridad? ¿Perón obligó al presidente de facto Alejandro Lanusse a permitirle volver, o fue Lanusse quien obligó a Perón a volver? ¿Por qué el presidente chileno Salvador Allende condecoró a Lanusse, el “enemigo” de la juventud peronista? ¿Por qué Perón se abrazó con el dictador Augusto Pinochet? ¿Por qué los montoneros lo mataron a Aramburu? ¿Estaba dispuesto Perón a pactar con él? ¿Quién mató a Vandor en 1969? ¿Estaba entonces peleado o reconciliado con Perón? ¿Qué pensaba Walsh del fascismo, la violencia y la democracia? Y además, saber por qué Walsh guardó silencio frente a los crímenes de Perón, algunos de los cuales llegó a conocer, y que nosotros probamos con detalle en este libro.



Testimonios: Hipólito Solari Yrigoyen, Emilio Gibaja, Rodolfo Pandolfi, Emma Illia, entre otros.

* Errata: El giro de Dardo Cabo a la nueva tendencia es posterior.